Un asesino 1/3



En este momento leo “Speak, Memory”, la autobiografía de Vladimir Nabokov. Su prosa transparente, tan perfecta, tan cálida, me ha empujado al tipo de investigaciones obsesivas en las que caigo cuando me engancha un libro particularmente bueno. Entre mis pesquisas, me topé con un pequeño perfil biográfico de Sergey Taboritsky, asesino de Vladimir Dmitrevich Nabokov, padre del novelista.

Vladimir Dmitrevich fue un aristócrata que renunció a sus títulos nobiliarios y quien, a finales del siglo XIX y principios del XX, se dedicó de lleno a la causa liberal rusa; los intentos por reducir el peso del zarismo absolutista e instaurar un congreso democrático en ese país. Taboritsky, por contra, era un monarquista antisemita de ultraderecha, una de esas rémoras que se adhieren a cualquier causa odiosa con la que entran en contacto.

El asesinato ocurrió el 28 de marzo de 1922, en Berlín. El blanco no era Nabokov, sino Pavel Milyukov, un político liberal; Nabokov salió a su defensa y en la trifulca fue asesinado.

El móvil le parece absurdo a la sensibilidad moderna. Los monarquistas y liberales rusos vivían en el exilio, en Alemania, Italia, Suiza y Francia; el zar había sido asesinado en 1918 y los bolcheviques estaban a un paso de asumir el control absoluto de Rusia. Me imagino que ambas facciones tenían la esperanza de ganar la guerra civil y volver al poder eventualmente; quizá los monarquistas querían eliminar a la competencia para sacarla de la jugada. O quizá esos asesinatos eran un simple ajuste de cuentas, la consecuencia de conflictos pasados. Quizá los monarquistas odiaban más a los liberales que a los bolcheviques, porque veían en el liberalismo al origen de la caída del zar.

En todo caso, el asesinato de Dmitrevich, un hombre que a todas luces parece una figura íntegra —protestó los pogromos rusos en una época en la que era profundamente impopular hacerlo—, fue un sin sentido, un asesinato político sin consecuencia.

Taboritsky fue sentenciado a catorce años de cárcel y fue liberado tras servir cinco, ayudado por el clima antiliberal de la época. En los años treinta se convirtió al nazismo y colaboró con la Gestapo. Murió en 1980.


Me es imposible ver la foto de Taboritsky y no sentir una curiosidad morbosa por su vida; su cara me recuerda a los villanos interpretados por Peter Lorre en varias películas de los treinta, como “M” y “The Man Who Knew Too Much”. También me recuerda a esa foto oficial de Goebbels, donde el ministro de propaganda se esfuerza por adoptar la pose de un industrialista respetado, pero acaba pareciendo un enterrador cadavérico, proveniente de un pueblo fronterizo.

Taboritsky sobrevivió al asesinato de Dmitrevich y al Reich de los mil años. Siempre que leo bosquejos de este tipo de figuras, atadas a regímenes detestables, me pregunto cómo habrán sido sus vidas las décadas posteriores a sus crímenes, luego de que las causas por las que lucharon acabaran hechas cenizas en el basurero de la historia. ¿Qué hicieron los cuarenta años siguientes?

Imagino a Taboritsky atareado con una actividad banal; en el supermercado, haciendo las compras de la semana; en el cine, cautivado con The Sound of Music. ¿Qué pensaban de él sus vecinos de Limburg an der Lahn? ¿En qué trabajaba? ¿Se dedicó a cultivar sus odios, ayudado por una pequeña pensión del estado? ¿Se reunía en tabernas con otros antiguos nazis a beber y recordar los viejos tiempos?

(Continúa…)