Mitterrand posa para la historia

Foto de Guy Le Querrec

Hace muchos años, pasando las hojas de un viejo Newsweek (¿o sería U.S. News and World Report?), me topé por casualidad con esta imagen de François Mitterrand que nunca me ha abandonado. El texto señalaba que Mitterrand y el escultor se encontraban en un cavernoso y semivacío salón del Palacio del Elíseo, y que afuera del cuarto aguardaba una delegación africana que aguardaba su turno para ser atendida. Mitterrand —según el texto— procedía sin prisa, como si no tuviera otra preocupación en la vida que posar para ese busto; sin que le importara a quien hacía esperar.

En su momento, la imagen me pareció una  representación inmejorable de lo que significa el poder absoluto: las personas que ostentan un poder desmedido son dueñas de su tiempo y despilfarran el tiempo de los demás a su antojo; los problemas ajenos les son indiferentes; proyectar su imagen, a través de los años y de los siglos, termina por convertirse en su única y verdadera aspiración.

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